(Maximiliano Luna) Cristina Kirchner, ayer, en su regreso al Senado.
(Maximiliano Luna) Cristina Kirchner, ayer, en su regreso al Senado.

Diciembre se va agotando con algunos ruidos y varios movimientos silenciosos que proyectan la configuración del peronismo para 2018. Cristina Fernández de Kirchner reestrenó banca como senadora y usó el micrófono para ratificar su juego: insistió con que es víctima de una persecución político-judicial y afirmó su condición de opositora dura, incluso frente a los gobernadores. Menos estridente, el peronismo no kirchnerista también acomoda sus piezas y en ese tablero empieza a ser registrado el PJ bonaerense.

El contrapunto de estrategias internas, no siempre sonoro, se explica centralmente por una de las diferencias en el modo de construir o de intentar hacerlo. La ex presidente es una figura de fuerte impacto mediático –algo curioso, por su recurrente enojo con los medios- y explota esa condición, exprimida además por el oficialismo. En cambio, el peronismo no kirchnerista tiende a construir su poder asegurando en primer lugar los territorios. Es menos vistoso, pero rinde: los gobernadores y en la misma línea los intendentes transitan ese sendero.

Dos postales ilustraron anoche esa realidad, a nivel nacional y en la provincia de Buenos Aires. En los dos casos, el kirchnerismo fue frontalmente contra los entendimientos. En los dos casos, también, los jefes territoriales privilegiaron con el voto de sus legisladores las negociaciones que aportan aire al oficialismo y al mismo tiempo, mejoras a sus propias cajas y presupuestos.

El Senado trató el Presupuesto, la reforma tributaria y el impuesto al cheque, todo sellado en las tratativas poselectorales con los gobernadores. Y la Legislatura bonaerense ratificó la adhesión al pacto fiscal, que allana para la provincia la llegada de los millones que logró en la pulseada para resarcir en parte el Fondo del Conurbano: necesitó de los dos tercios de los votos en cada cámara para debatir el tema y los alcanzó con acompañamiento peronista. El kirchnerismo se opuso cerradamente.

En el oficialismo y en el PJ no kirchnerista hacen diversas cuentas sobre la conveniencia o los problemas para negociar con una oposición dividida. Pero hay un punto que suele anotar coincidencias: las posiciones de extrema dureza, en este caso de la ex presidente y sus expresiones legislativas, son en primer lugar y en sí mismo un desafío sino una piedra para la línea de recomposición del peronismo. Al revés, suelen ser “funcionales” a Mauricio Macri y a María Eugenia Vidal.

En el Congreso nacional la medida de esa tensión estuvo dada más en la Cámara de Diputados que en el Senado: el kirchnerismo duro es un bloque menor en la Cámara alta, de ocho integrantes, aunque cuenta con Fernández de Kirchner a los efectos de la resonancia mediática. En Diputados, y de manera similar en la Legislatura bonaerense, el trabajo de negociación es más amplio: la paleta exhibe el peronismo de los jefes territoriales, el massismo y otras expresiones menores del PJ.

Hay otros puntos de similitud entre el trabajo que vienen desplegando los gobernadores y el giro producido en el peronismo bonaerense por la mayoría de los intendentes. Es probable que no muy lejos en el calendario de 2018 esos caminos confluyan en alguna exposición conjunta de jefes provinciales y representantes de la nueva conducción del PJ de Buenos Aires.
Ese sería un paso relevante en el tránsito del rearmado peronista. Los gobernadores lograron hace rato constituirse, aunque con diferencias –son un conjunto heterogéneo-, en un polo de poder partidario. Claro que no era un tema menor la ausencia de interlocutores de peso en el principal distrito del país. Se imaginó en un momento que la vacante podría ser cubierta por el massismo, como eje de reagrupamiento, pero los comicios dijeron otra cosa. La idea de un encuentro amplio del “nuevo” peronismo, o del peronismo poskirchnerista, se vio frustrada en 2016 y este año ni siquiera figuró en la agenda, con Fernández de Kirchner anotada en la pelea electoral.

Después de las elecciones –en rigor, luego de tres derrotas consecutivas-, el peronismo bonaerense encaró su propio rearmado. Confluyeron y jugaron fuerte intendentes de distinto antecedente inmediato en las urnas: hubo posición en común de quienes acompañaron a Unidad Ciudadana, de “randazzistas” y de algunos que fueron y vinieron. No faltó tampoco algún guiño desde el massismo, en medio de sus propias redefiniciones. Martín Insaurralde, Gustavo Menéndez, Gabriel Katopodis, Fernando Gray, entre otros, tejieron una difícil unidad que relegó a Fernando Espinoza y al kirchnerismo de La Cámpora.

(Martín Rosenzveig) Los intendentes Gustavo Menéndez y Fernando Gray.

(Martín Rosenzveig) Los intendentes Gustavo Menéndez y Fernando Gray.

Menéndez, intendente de Merlo, y Gray, de Esteban Echeverría, encabezan el nuevo consejo del PJ. En la Legislatura, con escaso número sobre todo en Diputados, se expresan como PJ-Unidad y Renovación. La marca expresa un objetivo antes que una realidad sellada, que debe convivir además con el massismo y opera diferenciada respecto de Unidad Ciudadana.

Desde antes, y aún o especialmente cuando pocos se desmarcaban de la ex presidente, la mayoría de los intendentes buscaron asegurarse dos cosas: la jefatura partidaria en sus distritos y el control del concejo deliberante en cada municipio. Eso resume el objetivo elemental de la supervivencia política. Pero es al mismo tiempo una señal del apego a lo que denominan construcción territorial.

El término territorio es casi sagrado para los usos y costumbres de la política, no sólo para el peronismo. Los intendentes y los gobernadores –cada uno en su escala- se apegan al principio de afirmarse en sus distritos frente al juego de la ex presidente, que los descalifica como débiles frente al poder del oficialismo: en ese escalón colocó incluso a Alicia Kirchner que firmó, con foto individual difundida, la reforma tributaria rechazada enteramente por el kirchnerismo ayer en el Senado y antes en Diputados.

La pirotecnia apenas esconde otra arista de la realidad. Los gobernadores peronistas, y también los intendentes, defienden sus distritos con la mirada puesta en 2019. Creen que es indispensable mejorar la oferta electoral para frenar la ofensiva de Cambiemos, que avanzó incluso sobre algunas plazas que el PJ consideraba inexpugnables. Y parte de ese ejercicio es diferenciarse del kirchnerismo. En otras palabras: la disputa y los vaivenes de hoy frente a la ex presidente buscan ser un desafío a futuro para el oficialismo. Señales del final de 2017, interrogantes para el año que ya llega.